PRESENTACIÓN



La fotografía me atrapó a los 17 años, cuando mi papá me regaló una hermosa Zeiss Ikon con varias lentes. Fue en 1967, pero aún la conservo y cuando ocasionalmente la tengo de nuevo en mis manos, me sorprende lo básica y robusta que es. Todas sus cicatrices fueron bien ganadas durante años de aventuras.

Veo la cámara como un extraordinario facilitador de relaciones; con ella en la mano nunca estoy sólo. Es divertida, es extrovertida, es la mejor traductora del mundo; sintoniza los idiomas y las emociones por más ajenas que sean, crea amistades con espontaneidad. A través de ella veo con los ojos de personas que nunca seré: nómada en el Sahara, vaquero en Coyame, obrero en una fábrica o mercader marroquí.

La separación entre fotos excepcionales es caprichosa; tiene todo tipo de unidades que he medido desde años hasta segundos; desde distintos continentes hasta unos cuantos metros; desde inmensos paisajes hasta pequeños objetos.

Hay días que a pesar de estar llenos de momentos extraordinarios y fuertes contrastes, se van en blanco. Días sin magia ni sintonía entre mi cámara y yo que terminan con fotos ordinarias que no captan la esencia de las cosas. El único antídoto es seguir usando la cámara, pues es un hecho que para tomar fotos maravillosas hay que estar ahí.

Rodrigo, mi hijo, me sorprendió con un interés creciente por la fotografía. Su capacidad de millennial manejando equipos electrónicos le facilitó descubrir muchos secretos técnicos que a algunos nos toman años. Absorbió como esponja y rápidamente aplicó con muy buenos resultados conceptos como encuadre, contraste, luz, tercios y demás.

Viajar con Roy, cámara en mano buscando fotos es una delicia. La plática llena de temas variados, siempre retadores e interesantes lo hacen un excelente compañero. Nuestras escapadas quedan en la memoria como momentos muy especiales que se conectan a las fotos que tomamos, especialmente por el ritual que viene después: las vemos y las comentamos, constantemente competimos y siempre compartimos con diversión opiniones encontradas. Si hoy le gano, sé que no será por mucho tiempo porque constantemente se supera.

Hace algunos años, Roy tomó fotos desde un helicóptero y a raíz de esa experiencia hoy explora las posibilidades aéreas del dron. Con esto un mundo nuevo se abrió para él y lo abrazó con enorme entusiasmo. Las fotos que me enseña me parecen fascinantes y sin fronteras, literalmente está volando sólo en terreno no mapeado.

Y ahora mi nieta Sofía… Desde que tenía poco más de un año y medio Sofi me pedía la cámara para jugar. Yo, nervioso, se la presté varias veces. Un año después, nos maravilló cuando logró sostener los casi tres kilos de mi cámara para tomarnos una foto a Sari y a mí.

Supimos que tenía madera de fotógrafa al ver la calidad de su composición y encuadre, además de la cantidad de instrucciones que nos dio para posar, esta es la foto de ese especial momento.

Para su tercer cumpleaños le regalamos una cámara. Roy encontró una que fuera lo más parecida a una réflex, pero sin todas sus complicaciones. Ver su carita iluminarse al abrir su regalo y encontrar una cámara dentro es un recuerdo que siempre llevaré conmigo. No hay manera de describir la alegría y diversión que nos ha dado desde el instante que la tuvo en sus manos. Incontables momentos chuscos y divertidos hemos vivido con ella; propios y extraños hemos quedado maravillados de ver a una niña tomando fotos con tal seriedad y circunstancia. Sofi tiene tanto encanto que desarma a cualquiera. Además que con su curiosidad infantil ha logrado tomar fotos increíbles. Es por eso que con gran entusiasmo la incluimos en este proyecto.

Decidí llamar este libro “Fotos que pedían ser tomadas” porque claramente allá afuera existen algunas escenas que no sólo piden sino que exigen ser tomadas. Me persiguen esos momentos únicos que por cualquier razón no capturé, las extraordinarias fotos perdidas que pude haber tomado y no tomé. Por esto, la fotografía para mí no tendrá fin, siempre tendré los ojos abiertos a esos momentos fugaces y especiales que están ahí afuera, que se revelan en un instante, porque no hay duda de que ahí están, cerca o lejos, no lo sé. Con suerte quizá pronto capture alguna que me satisfaga totalmente, pero en realidad espero nunca lograrlo, para siempre seguir intentando, para siempre seguir buscando.

El mundo es un maravilloso caleidoscopio de vistas, olores, gente, países, luces y sombras. Las fotos de este libro, que el tomar fue una gran fuente de alegría, capturan una pequeña parte de ese mundo. Pero no nos engañemos, es tremendamente difícil hacer una foto memorable que se quede en nuestra imaginación por encima de los cientos que vemos a diario. No existirá mayor y más duradera satisfacción que el que alguna de estas fotos aguante el paso del tiempo y transmita verdaderas emociones a quien tenga este libro en la mano. Por eso es que para nosotros esta aventura familiar de tres generaciones, de los Carvajales que amamos la fotografía, plasma algunas imágenes que no simplemente pedían, sino que exigían ser tomadas.

Carlos Carvajal L.




Creo que toda mi vida he estado en contacto con la fotografía, especialmente porque durante mi infancia mi papá llevaba la cámara a todos los viajes y excursiones, además de que aprovechaba casi cualquier excusa para hacer recuerdos fotográficos de la familia. Ahora con los celulares que todos traemos, es más difícil justificar el cargar una bolsa de 10 kilos.

Al entrar a la universidad compré mi primera cámara. Con ella tomé miles de fotos con mis amigos, en fiestas, bares y antros. Pero fue un poco después, durante unas vacaciones, estando sentado con la bolsa de la cámara de mi papá en una tienda departamental, que se despertó mi interés por el aspecto artístico de la fotografía. No sé si fue por aburrimiento o curiosidad, pero le moví a todos los botones, controles, y pantallas de su Nikon D100. En ese momento no entendí qué era lo que cada función hacía, pero me gustó ver fotos etéreas y abstractas en la pantalla. Seguramente las fotos que tomó mi papá después de eso fueron un desastre, hasta que se dio cuenta de todo el relajo que le había dejado.

Tiempo después, antes de terminar la carrera y una vez que mi papá ya había comprado su segunda cámara, le tomé la anterior “prestada” y fue entonces cuando comencé a jugar y experimentar con ella realmente. Me la lleve a Monterrey para mi último año y nunca se la devolví. Incluso con el tiempo le fui desapareciendo lentes y accesorios.

Mi aprendizaje de la fotografía fue completamente autodidacta, pues al ser un hijo de la tecnología, busqué y encontré un montón de páginas en Internet que me explicaran el lado técnico a detalle. La parte artística me tomó más tiempo aprender, pero mientras más estudiaba fotografías de profesionales, mejores resultaban las mías.

Mi curiosidad e interés convirtieron la fotografía en una actividad de convivencia entre mi papá y yo, también de colaboración y un poco de competencia.

Ahora con Sofi uniéndose al clan, queremos seguirle fomentando el interés y el gusto de tomar fotos. Tenemos que cuidar de no presionar de más, para que no le pierda el gusto. Creo que al ver sus fotos publicadas en un libro aumentará su interés.

Las veces que volé en helicóptero tomado fotos me hicieron saborear y anhelar la increíble experiencia que es la fotografía aérea. Así que en 2017, diez años después de haberle robado su cámara a mi papá, en el momento que dejaron de ser juguetes y se volvieron verdaderas herramientas fotográficas, compré mi dron.

Este libro incluye algunas imágenes de todos estos años, pasando por mis primeras fotos con la cámara que “le tomé prestada” a mi papá y que después pasó a ser oficialmente mía, hasta las más recientes con el dron, que es donde se ha enfocado últimamente mi interés.

Tengo ya casi dos años tomando fotos aéreas y aún siento que me falta mucho por aprender. Los puntos de vista que me muestra el dron cada vez que lo lanzo al aire me envuelven de una abrumadora libertad que debo alimentar y ejercitar volando.

Rodrigo Carvajal A.





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